¿Por qué el mar de Cortés es el océano más biodiverso del planeta?

Que lo llamen “el acuario natural más grande del mundo” no es una licencia poética. El mar de Cortés —también conocido como Golfo de California— concentra cerca de un tercio de las especies de mamíferos marinos del planeta y más de 900 tipos de peces, buena parte de ellos endémicos (que no existen en ningún otro lugar). Esa riqueza, fruto de su aislamiento geográfico y de unas condiciones únicas, es la misma que lo vuelve frágil y la razón por la que sus islas y áreas protegidas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad.

Navegar por sus aguas es asomarse a ese inventario vivo. Es común ver delfines jugando en la proa de las embarcaciones y lobos marinos tendidos al sol sobre islas rocosas; y, en temporada, llega el espectáculo mayor: las ballenas jorobadas y grises que eligen estas aguas cálidas y tranquilas para aparearse y parir. El mar de Cortés no es un acuario en sentido figurado por casualidad: la densidad de vida que ofrece a simple vista rara vez se encuentra en otros mares del mundo, y convierte cualquier travesía en una sucesión de encuentros difíciles de anticipar.

La riqueza, además, no termina en el agua abierta. El ecosistema costero se sostiene sobre extensos manglares, esos “bosques azules” que son mucho más que paisaje: funcionan como criaderos de peces y crustáceos, como filtros naturales que purifican el agua y como barreras que protegen la costa de la erosión y de los fenómenos meteorológicos extremos. Recorrer sus canales en silencio descubre una avifauna deslumbrante —garzas, pelícanos, fragatas y un sinfín de aves migratorias que hallan aquí refugio y alimento—, en un paisaje donde el desierto, el manglar y el océano se tocan casi sin transición.

Para el viajero consciente, todo esto plantea algo más que una postal. El turismo sostenible ha encontrado en la región un terreno fértil: operadores locales ofrecen avistamiento de fauna con estrictos códigos de conducta, recorridos en kayak entre los manglares y visitas a campamentos tortugueros dedicados a conservar especies en peligro. Cada excursión se vuelve así doblemente útil: sostiene a las comunidades que custodian el lugar y funciona como una lección práctica sobre por qué vale la pena preservarlo, lejos de la simple observación de fauna a distancia.

Ahí reside, quizá, lo más valioso del mar de Cortés: su capacidad para provocar asombro y, con él, responsabilidad. Disfrutar de sus playas vírgenes, de su azul profundo y de la compañía de sus habitantes marinos es un privilegio que viene con una condición implícita, la de cuidarlo. Más que un regalo de la naturaleza, este mar es una herencia que conviene no dar por sentada.

Imágenes cortesía de sus respectivas marcas.

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