¿Qué pasa cuando Cartier cambia el detalle más icónico del LOVE?

Hay un elemento del brazalete LOVE de Cartier que durante más de medio siglo pareció intocable, y es el tornillo. Desde 1969, esos pequeños tornillos que recorren el aro han sido su firma inconfundible, una idea de Aldo Cipullo para representar el vínculo que se cierra con llave y no se suelta. Por eso llama la atención que la casa decida ahora intervenirlos, y que en su nueva serie de seis modelos los reemplace por piedras de color, llevando el clásico a un terreno mucho más cromático sin alterar su silueta.
Conviene medir el peso del gesto, porque LOVE no es una pieza cualquiera. Se trata de uno de los diseños más reconocibles de la joyería del siglo XX, un aro rígido que abraza la muñeca y cuyo motivo de tornillos remite a la idea de una unión permanente. Tocar justamente ese detalle, el más codificado de todos, no es un cambio menor sino una manera de refrescar un ícono sin desdibujar lo que lo hizo célebre.
La colección se ordena en dos familias que dialogan entre sí. Las tres primeras piezas van completamente cubiertas de pavé, ese engaste menudo y apretado que tapiza de piedra toda la superficie, y cada una se concentra en una sola gema, ya sean zafiros rosas, zafiros azules o granates tsavorita de un verde profundo. Sobre esa cinta continua de color, diez diamantes ocupan el lugar donde antes iban los tornillos, de modo que el guiño al original permanece incluso cuando todo lo demás cambia.
Los otros tres modelos siguen el camino contrario y dejan más metal a la vista, pues sustituyen los tornillos por diez piedras dispuestas en degradado, en tonos cálidos o fríos según la versión. Las de oro amarillo y oro rosa reúnen zafiros rosas y amarillos, granates espesartita de tono anaranjado, tsavoritas verdes y amatistas, mientras que las de oro blanco se inclinan por aguamarinas, zafiros rosas y azules, tanzanitas y amatistas.
El movimiento responde a una estrategia cada vez más común en la alta joyería, la de tomar una pieza canónica y renovarla por la vía del color en lugar del rediseño. Cartier no altera aquello que volvió legendario al LOVE, sino que cambia su acabado para devolverlo a la conversación, esta vez en una clave más luminosa. Es una jugada discreta, casi imperceptible en su estructura, para un símbolo que lleva más de cincuenta años vigente justamente porque casi nunca cambia.





Imágenes cortesía de sus respectivas marcas.



