Dalí y Hitchcock, la colaboración poco conocida que ancla esta muestra inmersiva

Las exposiciones inmersivas se multiplicaron tanto en los últimos años que casi cualquier artista célebre tiene ya la suya, con proyecciones envolventes y música de fondo. Dalí: Escenografía de un sueño parte de ese formato conocido, pero encuentra su distinción en un detalle que muchas de esas muestras no tienen, un eje narrativo concreto, la relación entre Salvador Dalí y Alfred Hitchcock. En lugar de limitarse a agrandar cuadros famosos, la propuesta arma un recorrido con una historia que contar.
El trayecto se despliega en ocho escenarios pensados para activar percepciones distintas. La idea no es observar la obra a distancia, sino caminar entre proyecciones que distorsionan la escala, escenografías que difuminan la frontera entre lo real y lo onírico y paisajes sonoros que completan la atmósfera. El hilo conductor lleva al visitante de los símbolos más reconocibles del artista, los relojes blandos, los elefantes de patas imposibles, las hormigas, hacia las obsesiones que alimentaron su trabajo.

El corazón de la muestra, sin embargo, está en su encuentro con el cine. Dalí colaboró con Hitchcock en las secuencias oníricas de Spellbound, conocida en español como Cuéntame tu vida, y esa alianza poco recordada ocupa el centro de la exposición. La pieza que la sostiene es una recreación monumental de la pintura que el artista creó para esas escenas, de diez metros de ancho por cinco de alto, concebida aquí menos como cuadro para contemplar y más como portal, rodeada de recursos que reconstruyen la intención de ambos, usar el sueño como un territorio donde la lógica se suspende.
Ese segmento es el que mejor explica la ambición del proyecto. Al detenerse en una colaboración creativa en lugar de repasar solo la biografía, la muestra se adentra en los procesos que llevaron el surrealismo más allá del lienzo, hacia el cine y la escenografía. Es un enfoque que pide algo más de contexto del que suele ofrecer este tipo de experiencias, y ahí gana profundidad.
La producción cuida también la manera de recorrerla. El acceso se organiza en ingresos programados cada 30 minutos, una decisión pensada para controlar el aforo y evitar que los grupos se vuelvan masivos, de modo que cada visitante pueda tomarse su tiempo frente a las más de 80 piezas y proyecciones del recorrido. El horario de atención va de las 10:00 a las 18:00 horas, y la muestra plantea un paseo pausado, ideal para absorber cada estímulo sin prisa.
Lo que deja la exposición, más que imágenes impactantes, es la sensación de haber entrado por un momento a un imaginario desbordado. No intenta explicar a Dalí por completo, tarea prácticamente imposible, sino invitar a sentir la textura de su mundo y a comprobar hasta qué punto sigue vigente. En un panorama donde el arte a veces parece quedarse quieto, propuestas como esta recuerdan que también puede ser algo que se camina.
Imágenes cortesía de sus respectivas marcas.



