Casi ocho de cada diez empresas mexicanas dicen que la IA les sirve, pero solo el 7% puede probarlo en dinero

El estudio Global AI Pulse de KPMG revela una brecha incómoda entre lo que las compañías perciben y lo que consiguen demostrar.
El 78% de las organizaciones encuestadas en México reporta beneficios concretos de la inteligencia artificial en productividad, ahorro de costos y toma de decisiones. Al preguntarles si esos beneficios se traducen en un retorno de inversión comprobable, es decir, si el dinero puesto en la tecnología regresó multiplicado y con números que lo respalden, la cifra se desploma al 7%.
Esa distancia entre percibir y demostrar es el problema de fondo. La conversación en las empresas ya no gira alrededor de si la herramienta funciona, sino de si produce un resultado que alguien pueda medir y defender frente a un consejo directivo.
La adopción corre más rápido que la medición
En un solo trimestre, la proporción de compañías mexicanas en fase activa de adopción pasó del 17% al 26%. En paralelo, la mitad de las empresas tuvo que frenar o rediseñar proyectos cuando los costos empezaron a superar el valor que esperaban obtener.
Hay otro dato que explica buena parte del problema: el 38% de las organizaciones admite tener apenas una visión parcial de cuánto está gastando en inteligencia artificial. Es decir, la tecnología ya está operando dentro de la empresa, pero nadie sabe con precisión cuánto cuesta ni qué está devolviendo.
Lo que separa a quienes sí lo logran
KPMG identificó una diferencia clara entre las compañías que consiguen demostrar retorno y las que no. Aquellas que incorporan controles de costos y revisiones dentro de sus procesos de aprobación tienen cinco veces más probabilidades de reportar resultados comprobables.
“El verdadero desafío no está en incorporar tecnología, sino en identificar dónde puede generar un cambio relevante para el negocio y establecer desde el principio cómo se va a medir ese cambio”, señala David Lati, directivo de Logística de México.
El planteamiento apunta a algo que suele pasarse por alto: instalar una herramienta no es un resultado en sí mismo. Lo que determina el impacto es cómo se integra a los procesos que ya existen, a los datos disponibles y a la manera en que la organización toma decisiones.
Por eso la siguiente etapa no se va a definir por cuántas herramientas incorpore cada empresa, sino por su capacidad de conectarlas con objetivos concretos, medir lo que producen y retirarse a tiempo cuando el valor esperado no aparece.
Imágenes cortesía de sus respectivas marcas.



