Louis Vuitton presenta su colección primavera-verano 2027 con espíritu surfista

Pocas imágenes resumen mejor la ambición de Pharrell Williams al frente de Louis Vuitton que la de un hombre con traje sastre cargando una tabla de surf. Para la temporada primavera-verano 2027, el diseñador estadounidense plantó una ola azul de casi diez metros en pleno París y, sobre una playa de arena fina, hizo desfilar a una tribu de surfistas urbanos que parecen vivir a medio camino entre la oficina y el mar.
El escenario lo decía todo. El desfile se celebró el 23 de junio en la Cité internationale universitaire, un recinto creado entre guerras con la idea de fomentar la paz entre naciones, en una de las semanas más calurosas que se recuerdan en Francia. No estuvo libre de tensión, pues varias decenas de manifestantes denunciaron a las puertas el mal estado de las residencias estudiantiles, un contraste difícil de ignorar entre el lujo de la pasarela y el conflicto de fondo.
Dentro, la propuesta se movía entre dos mundos. Trajes, corbatas, trenchs y abrigos convivían con shorts, vaqueros bordados con conchas y trajes de neopreno multicolor, mientras la marroquinería cedía su lugar a tablas, monopatines y bicicletas. La firma habla de una elegancia no convencional inspirada en el surf, ese modo de vida que cruza culturas, y el resultado son unos dandis de playa que la propia casa imagina como el eslabón perdido entre Wall Street y Malibú.
El gesto más interesante está en los materiales, donde Pharrell se permite una contradicción deliberada. En vez del algodón y el lino que pediría el calor, estos surfistas visten cueros robustos, lana y pana, prendas de invierno lucidas con aplomo bajo el bochorno parisino. Es una manera de declarar que la colección no responde a la estación, sino a un personaje. Entre los aciertos, una chaqueta cubierta de parches de destinos lejanos, una cazadora de piel en rosa intenso, un traje de neopreno con monograma y una pieza naranja que evoca un chaleco salvavidas, en una paleta que va del azul cielo al blanco roto y los verdes pastel.
La puesta en escena estuvo a la altura del despliegue visual. Un coro góspel vestido de negro, acompañado por una orquesta de ochenta músicos, sostuvo una banda sonora de acento hip-hop que hizo vibrar el suelo y a un público lleno de celebridades, del basquetbolista Victor Wembanyama al rapero Future, a quien Pharrell saludó al final. Pero la mayor ovación se la llevó J-Hope, integrante de BTS, cuya sola aparición desató los gritos de los fans que habían aguantado el calor por verlo de cerca.
Más allá del espectáculo, el desfile confirma hacia dónde lleva Pharrell Williams a la casa. Donde otros diseñadores temen el momento de incertidumbre que vive la moda, él insiste en construir personajes antes que colecciones, figuras que mezclan referencias hasta volver irrelevante de dónde viene cada prenda. Su surfista de traje no pertenece ni a la playa ni a la oficina, y quizá esa sea justamente la idea.













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