¿Y si la resistencia no empezara en las piernas, sino en el intestino?

Un estudio de Harvard con maratonistas de Boston detectó bacterias que se multiplican después de correr y que se alimentan justamente de lo que el músculo produce al esforzarse.

Durante décadas el lactato cargó con la culpa del cansancio, señalado como el residuo que quema las piernas y obliga a bajar el ritmo. Esa explicación resultó demasiado simple, porque el organismo también puede aprovecharlo como combustible, y en el intestino existen bacterias capaces de hacer algo todavía más interesante con él.

Lo que encontraron

Investigadores del Joslin Diabetes Center y de Harvard recolectaron muestras de quince corredores del Maratón de Boston de 2015, todos los días durante la semana previa y la semana posterior a la carrera. Al comparar los resultados apareció un patrón claro: las bacterias del género Veillonella se multiplicaban justo después de la prueba, y eran más abundantes en los corredores que en personas sedentarias.

El equipo repitió el análisis con ochenta y siete ultramaratonistas y remeros de pruebas olímpicas, y volvió a encontrar lo mismo tras las competencias. Lo particular de estas bacterias es que usan el lactato como única fuente de carbono, de manera que el esfuerzo del músculo termina alimentando literalmente a los microorganismos del intestino.

De residuo a combustible

La primera hipótesis fue que las bacterias mejoraban el rendimiento eliminando el lactato acumulado, pero los datos apuntaron hacia otra explicación. Lo que hacen es convertirlo en propionato, un ácido graso de cadena corta que el cuerpo sí puede utilizar, y ese producto final parece ser la pieza clave del asunto.

Para comprobarlo, el equipo aisló una cepa de Veillonella atypica de las muestras y la administró a ratones, que corrieron alrededor de un trece por ciento más tiempo en cinta antes de agotarse. Después probaron algo más directo: suministrar propionato sin las bacterias, y el efecto se reprodujo igual.

Lo que falta por demostrar

Aquí conviene detenerse, porque ese trece por ciento se midió en ratones y no en personas. El paso siguiente, comprobar el mismo efecto en atletas humanos, sigue en proceso: un ensayo publicado en 2023 sobre capacidad anaeróbica no arrojó resultados concluyentes, y sus autores señalaron que el tipo de esfuerzo elegido y el perfil microbiano de partida podrían explicar la diferencia.

Vale la pena saber también que dos de los autores del estudio original fundaron una empresa dedicada a desarrollar probióticos a partir de este hallazgo, un conflicto de interés que ellos mismos declararon en la publicación. La cepa comercial que circula hoy, identificada como Veillonella atypica FB0054, proviene de esa línea de trabajo.

Mientras tanto, lo que sí está probado

La investigación abre una vía prometedora, pero no sustituye lo que ya se sabe sobre resistencia. El cuerpo entrenado aprende a administrar mejor sus reservas y a usar el oxígeno con más eficiencia, y esas adaptaciones se construyen con kilómetros acumulados, no con atajos.

La recuperación pesa tanto como el entrenamiento, porque dormir lo suficiente, hidratarse y comer bien es lo que permite volver a salir al día siguiente. Los corredores más resistentes no son los que nunca se cansan, sino aquellos cuyo organismo ya aprendió qué hacer cuando el cansancio llega.

Imágenes cortesía de sus respectivas marcas.

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